Entre la especulación y la realidad: radiografía de una campaña de olivar marcada por la incertidumbre

Miguel Abad

Entre la especulación y la realidad: radiografía de una campaña de olivar marcada por la incertidumbre

El Elaiologo Miguel Abad comparte en este artículo de opinión una visión técnica y reflexiva sobre esta última campaña 25/26 llena de dudas. Una reflexión que invita a la prudencia y a la visión a largo plazo.

Un cultivo previsible… y un sector que no lo es tanto

Que el olivo produce en el crecimiento de la primavera del año anterior a la cosecha es algo que ya es comúnmente conocido por todos los que estamos en este sector. Luego, hay factores que van a condicionar o facilitar que el olivo nos proporcione más o menos cosecha: sus reservas nutricionales, la climatología que precede a este crecimiento —sobre todo en floración y cuajado del fruto—, la reserva hídrica del suelo, la cantidad de lluvias y la ausencia de plagas o enfermedades asociadas al olivo o a la aceituna. Todo esto, y más factores agronómicos, fisiológicos, edafoclimáticos, etc., son los que marcarán el camino para poder contar o no con una producción de aceituna, que el olivar pondrá a nuestra disposición para su recolección a lo largo del otoño y parte del invierno.

Las personas o actores que vivimos alrededor del olivar y dependemos de esa producción para poder seguir con nuestra actividad económica, a veces —o la mayoría de las veces— no seguimos unas pautas tan claras, estudiadas y, a veces, tan desconocidas como las que acompañan al propio olivo. Más bien todo lo contrario: nos dedicamos la mayoría del tiempo a jugar al arte de la futurología, o comúnmente conocida como “la especulación”.

Y es que ya desde la propia floración, en esta campaña 2025/26, venimos especulando sobre cómo será, algo que, evidentemente, nunca se sabe hasta que finalmente termina con el aceite almacenado en las bodegas.

Yo recuerdo que, cuando era niño, le planteaba cada año —y siempre antes de la recolección de la aceituna— a mi abuela María el siguiente dilema: “Abuela, ¿cuánto aceite vamos a tener este año?”. Y mi abuela, muy inteligentemente —porque, dicho sea de paso, era una persona inteligentísima— me contestaba: “Maño, cuando esté dentro de la jarra te lo diré”. Y no es porque mi abuela no hubiera vivido varias decenas de campañas como para poder aventurar un pronóstico, pero la prudencia era algo que la historia le había enseñado a tener y ser.

La especulación ha sido la tónica a lo largo de toda esta campaña: que si habrá mucha o si habrá menos de la que se prevé; que si será corta o larga; que si el rendimiento será uno u otro… Pero, sobre todo, a lo que más afecta esta especulación sobre la cantidad de cosecha es a los precios, y esto es otro cantar.

Un inicio distinto al esperado

A lo largo del mes de septiembre —cuando todavía no se había iniciado la cosecha— ya había una psicosis generalizada sobre la cantidad de aceituna que se veía, lo que hacía que los precios se situaran en clara tendencia a la baja. Sin ninguna operación de gran volumen perdíamos entre 20 y 30 céntimos sobre los precios que se estaban manejando en agosto, todo ello sin saber cómo iba a ser la campaña y sin que el consumo se resintiera por los precios del año.

Así que, ¿por qué se daba esta situación tan innecesaria? La especulación, o futurología, volvía a aparecer. Bueno, creo que no se terminó de ir nunca, pero ahí estábamos todos jugando a predecir el futuro de nuevo.

Mención distinta merece la propia recolección. Esta se iniciaba con los aceites de alta gama o tempranos a finales de septiembre y principios de octubre, con variedades como el Frantoio, la Manzanilla Villalonga, la Borriolenca e incluso variedades menos tempranas como la Hojiblanca o la Picual. En zonas como Almería, Murcia o algunas zonas de Alicante ya se marcaban rendimientos grasos sobre materia seca por encima del 36%, condicionados por la extrema sequía y las altísimas temperaturas, que dificultaban enormemente trabajar con garantías de obtener aceites de máxima calidad. Solo en zonas de riego asegurado esta labor se realizaba con mayor comodidad.

Precisamente estos rendimientos, extrapolados al resto de los aceites que estaban por elaborarse más adelante, nos indicaban que la campaña iba con cierto retraso y que debíamos ser cautos en cuanto a cuándo se daría por iniciada la cosecha regular o común. Algo que, efectivamente, iba a suceder, puesto que las primeras elaboraciones manifestaban una falta de rendimiento graso que hacía inviable seguir con esta. Como así fue, la mayoría de las almazaras decidieron esperar a que estos rendimientos se incrementaran. Hay que recordar que, en este inicio, se daban rendimientos en el entorno de los 12 y 13 puntos de Rendimiento Graso Industrial, lo que hacía que los precios de la aceituna fueran muy bajos, dada la bajada —totalmente injustificada— que se había producido en septiembre.

¿A ver si ahora lo que se iba a quedar corto era el rendimiento?

Esto finalmente no ha sucedido.

Así pues, hasta entrado el final de noviembre —e incluso diciembre— no arrancaba una campaña que muy pronto se vería ralentizada primero y paralizada después, afectada especialmente en las zonas de mayor producción por los temporales constantes de lluvia y viento. Esto impedía tener continuidad en la recolección. Tanto es así que, a finales de diciembre, según la AICA, solo se llevaban recogidas unas 720.000 toneladas de aceite, lo que suponía en torno a un 20–25% menos que en el mismo periodo del año anterior.

Algunas empresas de servicios agrícolas, con las que he podido intercambiar opiniones, me indicaban que en diciembre trabajaron unos 10 días y en enero solo 8. Un verdadero desastre.

Por si esto fuera poco, la escasez de mano de obra hacía incluso que algunas otras zonas —aunque de menor producción y, por tanto, de menor impacto en la producción global— perdieran parte de la cosecha en el campo, ya que los costes de recolección eran superiores al precio que la propia aceituna tenía en ese momento.

(Abro paréntesis: estas y otras circunstancias nos hacen reflexionar sobre la necesaria transformación de zonas de olivares que lo permitan —ahora en marcos tradicionales— hacia plantaciones en seto o más intensivas, que faciliten la recolección mecanizada, menos dependiente de mano de obra y que, si además se manejan con cubiertas vegetales y prácticas de menor laboreo, estarían menos condicionadas por las adversidades climatológicas, asegurando una mayor calidad en los aceites elaborados. Cierro paréntesis).

Calidades comprometidas y una campaña que se alarga

Precisamente la calidad es otro de los factores afectados por todos estos condicionantes. Al retrasar la recolección esperando rendimiento, la climatología ha provocado la caída de una cantidad indeterminada de fruta y, en muchos lugares, ha sido imposible entrar a recoger desde mediados de diciembre hasta finales de enero. Esto ha hecho que la maduración de la fruta que todavía quedaba en el árbol no presentara la mejor calidad en los aceites extraídos.

En definitiva, un cúmulo de factores que hace que todavía hoy —6 de marzo de 2026— a la campaña le queden varias semanas para darse por cerrada, y esto no será antes de finales de marzo, incluso principios de abril.

Es cierto que la producción elaborada en noviembre y diciembre tiene un alto porcentaje de aceite virgen extra y un menor porcentaje de otras calidades. Pero no es menos cierto que todo lo elaborado con posterioridad no va a ser, en gran medida, de calidad extra; más bien todo lo contrario. Muchos de estos aceites van a tener que destinarse a refinación, lo que incrementará el diferencial de precios entre el virgen extra, el virgen y el lampante, como así está sucediendo.

La mirada puesta en la próxima campaña

La especulación, o en este caso la “futurología”, ha vuelto a aparecer. Aún no ha terminado esta campaña, todavía no sabemos los datos de producción —y mucho menos los de calidades— y ya estamos con las previsiones de la siguiente.

Ya se oye que si la reserva hídrica ha aumentado muchísimo —algo totalmente cierto—, que si la primavera va a ser buenísima para el olivar por las lluvias y por cómo están los árboles —algo que no se sabe y no se sabrá hasta que llegue el verano-.

Factores como la presencia de enfermedades como el repilo, o incluso abortos florales por vientos de poniente o por reacciones hormonales provocadas por el retraso de la recolección —uno de los factores que pueden potenciar la vecería— podrían condicionar el normal transcurso del año agronómico, modificando totalmente cualquier especulación que hoy se pueda hacer sobre la campaña 2026/27.

Lo que está claro es que hay una producción de virgen extralimitada y una gran cantidad de virgen y lampante. Esto está provocando un diferencial de precios significativo.

• Extra virgin: €4.30–€4.50

• Virgin: €4.10–€4.20

• Lampante: around €3

Este último caso tampoco se entiende mucho, porque si la campaña se sitúa alrededor de 1.350.000 toneladas —algo similar a la campaña pasada— y teniendo en cuenta que el refinado (luego oliva) es el que más se consume a nivel global, ¿por qué esa psicosis a la baja en el lampante? ¿Especulación otra vez?

Paciencia y Prudencia

Está claro que las empresas y los actores del sector necesitan tener una idea de lo que está sucediendo y de lo que pudiera suceder, con el fin de establecer sus estrategias de trabajo, pero sin caer en la psicosis y sin desestimar ningún escenario, ni los optimistas ni los pesimistas. Solo el paso del tiempo irá aclarando estas y otras cuestiones. Solo es cuestión de tener “Paciencia”, pero, sobre todo, “Prudencia”.

Compartir noticias

No te pierdas ninguna historia

Recibe nuestro resumen semanal con las últimas noticias, artículos y recursos.

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

Revista Olint

Visita nuestro catálogo online de Revistas Olint publicadas y accede a todo su contenido de forma digital de forma gratuita.

El sello SES identifica la propuesta de valor de Agromillora basada en la sostenibilidad.