Genética en agricultura: la viña que viene

José Miguel Mulet

Genética en agricultura: la viña que viene

“Nuevos problemas requieren nuevas soluciones. Lo que se ha hecho toda la vida, las variedades tradicionales de nuestros abuelos y el cobre no van a solucionar los nuevos problemas.”

La agricultura en general y la viticultura en particular se enfrentan a nuevos retos. El cambio climático ha afectado a los patrones de precipitaciones y temperatura. Esto ya es un problema para muchas variedades de viñedo, pero es que esto también va a modificar el comportamiento de las plagas. La línea de producción de vino se desplazará hacia el norte y el sur. Esto provocará la aparición de nuevas zonas de producción en países escandinavos, además de las tradicionales. Sin embargo, también surgirán nuevas plagas que se beneficiarán de las nuevas condiciones.

A esta situación preocupante hay que añadir el hecho de que la Unión Europea, en su estrategia “De la granja a la mesa”, pretende que para el 2050 el 50% de la superficie de la Unión Europea se dedique al cultivo ecológico y eliminar el 50% de los fitosanitarios y fertilizantes. Esto deja a la viticultura en una situación de extrema vulnerabilidad ante el nuevo contexto agroclimático. Prácticamente el único método autorizado para el control de hongos es el caldo bordelés, compuesto principalmente por cobre. Este es un producto químico persistente y muy tóxico para la microbiota beneficiosa que habita en el suelo del viñedo.

Ante esto, vale la pena ver qué soluciones puede aportar la mejora genética.

Mejora genética clásica

La mejora genética clásica se basa en elegir mutaciones que ofrecen alguna ventaja o en cruzar diferentes variedades o especies que se pueden mezclar. Las principales limitaciones de esta técnica son que estamos limitados al acervo genético que exista dentro de la especie o de variedades compatibles. Otra opción es utilizar variedades más resistentes, aunque con peor calidad de uva como pie de injerto, y sobre ellas injertar variedades de la uva que queremos cultivar. El tema de recambio de variedades ha tenido mucha trascendencia a lo largo de la historia, como cuando, debido a la epidemia de filoxera de finales del XIX, la vasta mayoría de cepas autóctonas en España dejaron de cultivarse y fueron sustituidas por cepas resistentes.

En este contexto, se ha debatido mucho recientemente sobre las variedades de uva PIWI. Estos son híbridos que resultan de cruzar la Vitis vinifera (uva europea) con otras especies de vid, como la Vitis amurensis (asiática) o variedades de América. La lógica de hacer estas hibridaciones es encontrar resistencia a enfermedades fúngicas como el oídio y el mildiu.

De hecho, la propia palabra PIWI viene del alemán Pilzwiderstandsfähig, que significa “resistente a hongos”.  Algunas variedades PIWI que ya están en uso son Solaris, Bronner, Johanniter, Souvignier gris, Cabernet Cortis, entre otras. Conviene reseñar que, al ser variedades obtenidas por técnicas convencionales, no requieren ningún tipo de autorización especial, y su salida al mercado es bastante rápida. En la actualidad existe bastante debate en el sector sobre el uso de estas variedades; incluso hay alguna recogida de firmas pidiendo su prohibición. Sus argumentos se basan en que no sería vivo procedente de Vitis vinífera, sino que vendría de cruces de otra especie.

Mi opinión es que la necesidad suele hacer virtud, y si las plagas avanzan, cualquier solución, sea de la especie que sea, será bienvenida.

Viña transgénica

Este debate de las variedades PIWI nos recuerda al debate que existía hace unos años respecto al uso de viñas transgénicas. La tecnología transgénica consiste en insertar un gen de otra especie utilizando técnicas de ingeniería genética. Hay que decir que cuando realizamos injertos también hay un intercambio de genes, pero en ese caso, a pesar de que mezclamos genes de dos variedades o especies diferentes, no se consideran transgénicos por no haber utilizado técnicas de ingeniería genética

Hay que decir que se crearon variedades de viñas transgénicas resistentes a diferentes enfermedades y con mejores caracteres. Sin embargo, nunca llegaron a utilizarse comercialmente por el rechazo de todo el sector a nivel mundial. Incluso en Francia hubo ataques a varios campos experimentales. Por lo tanto, esta tecnología pasó de largo del mundo del vino. Aunque sí que se utilizó con algunas levaduras o con enzimas que se utilizan para el tratamiento del mosto. No puede decir lo mismo el mundo de la cerveza, donde sí que existen diferentes marcas que han utilizado cebada, maíz o trigo transgénicos en sus elaboraciones, al margen de que el uso de levaduras transgénicas está bastante normalizado. Incluso llegó a desarrollarse una bacteria que era capaz de fermentar el mosto de la cerveza.

Viña editada por las nuevas técnicas genómicas

Las nuevas técnicas genómicas se refieren a un conjunto de métodos que utilizan herramientas de biología molecular para hacer cambios en el genoma, pero que no implican introducir ADN foráneo. Entre estas técnicas destaca la tecnología CRISPR (Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats); es un sistema que permite modificar el ADN con precisión.


En Europa, todavía no tenemos una regulación que permita usar esta tecnología, que ya está regulada en muchos países como Japón, Estados Unidos o Canadá, y en países productores de vino como Argentina. Actualmente, ya se comercializan diferentes alimentos modificados por CRISPR, como tomates, pescado, colza o cerdo.


A medida que avanza la investigación sobre CRISPR, es probable que las aplicaciones de esta tecnología en la viticultura se expandan. Actualmente ya hay investigaciones en curso sobre la resistencia al virus del enrollamiento de la hoja y ya existen variedades de vid modificadas por CRISPR con resistencia a Botrytis y al mildiu.

Y hay que tener en cuenta que las plagas y el cambio climático no son el único problema. Otro escenario que debemos tener presente es el de una competencia creciente y un mercado cada vez más exigente. Esto hace que obtener rasgos distintivos en la viña sea una necesidad acuciante. CRISPR también ofrece la posibilidad de mejorar directamente la calidad de las uvas, afectando características como el contenido de azúcar, los niveles de ácido tartárico y los compuestos responsables del sabor y aroma. Al manipular los genes que controlan estos factores, podemos crear nuevas cepas de uva que produzcan vinos con nuevos sabores mucho más complejos, adaptados a las preferencias del mercado. La tecnología también puede ser utilizada para reducir los niveles de sustancias no deseadas en el mosto o en el proceso de fermentación, como el metanol o las moléculas azufradas o nitrogenadas que aportan mal sabor. En la literatura científica se han mencionado cepas de viña editadas con CRISPR que cambian la producción de ácido tartárico, generan un fenotipo albino, alteran la cantidad de azúcares y modifican la ramificación.

Probablemente, cuando la próxima plaga amenace a los viñedos estadounidenses, chilenos, sudafricanos o argentinos, veremos con mucha normalidad que se planten nuevas cepas resistentes gracias a la edición genética. ¿Nos negaremos a hacer lo mismo en Europa?

Nuevos problemas requieren nuevas soluciones. Lo que se ha hecho toda la vida, las variedades tradicionales de nuestros abuelos y el cobre no van a solucionar los nuevos problemas.

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