La lógica del seto, el caso de éxito de la finca Montserrat

Pol Julià

La lógica del seto, el caso de éxito de la finca Montserrat

Hablamos con Xavier Plana, director técnico de la finca sobre como la convirtió en un referente del almendro en seto

Sembrar luz antes que árboles

Apenas se abandona el camino de acceso, las calles de la Finca Montserrat revelan una geometría casi arquitectónica: filas de almendros plantados en 3,20m x 1,20m, recortados al milímetro y alineados en pasillos estrechos. La escena, que hoy se exhibe como modelo de eficiencia, fue una apuesta contraindicada cuando Finca Montserrat decidió arrancar el proyecto hace nueve campañas. «Entonces nos recomendaban formar a setenta centímetros de altura —recuerda—; yo me planté en cuarenta-cincuenta. Sabía que, si la luz entraba pronto en el centro, el árbol cerraría antes los huecos».

Ese criterio —la luz como divisa— marcó la formación inicial. Durante las tres primeras campañas, Plana integró despuntes de 40cm en función de las variedades y el crecimiento, poda manual para aclarar el interior y un programa de riego-fertilización generoso pero medido: “potenciar el vigor sin desbocar”. El resultado es la pared vegetal que hoy mide 3 m, deja 0,5 m limpios en la base y sostiene casi toda la almendra en la periferia. «Si fallas en esos primeros tres años — insiste— condenas la plantación para siempre. Si aciertas, tienes dos décadas de recorrido con muy poca mano de obra.»

Ese “poco” se concreta en cuatro o cinco horas de trabajo por hectárea: una pasada de herbicida al año, revisiones en los goteros que los jabalíes muerden con obstinación y un máximo de diez tratamientos fitosanitarios, de los que los cuatro primeros son innegociables. «Tras la recolección perfilo apenas un bisel, lo justo para que el seto no invada el pasillo», explica mientras palpa una rama cortada con ángulo limpio. “La almendra buena está fuera; la madera interior, si se oscurece, no me perturba: sostiene la estructura y poco más».

Riego y nutrición

Plantada sobre Rootpac®20, el almendro de la finca Montserrat obliga a ser precisos con el agua. Las sondas de humedad muestran curvas en diente de sierra del 90 % al 75 % de la capacidad de campo: riegos diarios que, en el pico de demanda estival, reparten seis milímetros en dos pulsos de tres milímetros cada doce horas. “Un mes antes de la recolección bajamos un milímetro semanal, el último año no pudimos debido a la fuerte ola de calor que nos situó entre los 35 y 39 grados entre el 15 de julio y el 15 de agosto”.

«Probamos a darlos de golpe y el árbol amanecía mustio; en dos pulsos, la hoja llega viva a cosecha». Este 2025 las temperaturas extremas empujaron hasta 7 200 m³/ha; otros años bastan 6 000-6 500 sin merma visible. El objetivo, repite Plana, «es cosechar con la copa entera: hoja verde es calibre y reservas». Aun rodeado de sensores y pantallas, el técnico defiende el juicio a pie de árbol: «Las sondas informan, pero la decisión final es del agricultor. Si la brotación se estanca, paro; si avanza, sigo. No quiero delegar la finca en la electrónica».

Con la nutrición se ha afinado igual. El equipo partió con 200 ud N/ha «por temor a quedarnos cortos»; la evidencia —brotes disparados, sin más kilos— redujo la dosis a 90-110 ud. «Con 150 no saco más almendra, sólo madera», resume. El fósforo se queda en 35-40 ud y la potasa en 180-200 ud («quizá algo corta, la subiremos »), mientras los micronutrientes se limitan a hierro, manganeso y zinc. Cada mes, de mayo a julio, un análisis foliar guía ajustes; más tarde, admite, “la almendra ya está hecha y corregir no sirve”. Este año incorporó analítica de fruto completo para precisar la demanda de potasio.

Cosechar sin perder un gramo

Entre las 3500 y las 4000 flores que puede abrir un árbol y las mil almendras finales desaparecen unas 2.500 flores. Plana calcula que, con sólo mil frutos por árbol y un gramo medio, ya se situaría en 2.600 kg/ha, y subrayar dos puntos de rendimiento «te cambia la cuenta de resultados». Pero tan crítico como el cuajado es la integridad de la cosecha.

Las descascaradoras exigen fruto al 7-9 % de humedad; esa sequedad convierte cada ráfaga de aire en un riesgo de caída. «Prefiero recolectar al 10-13 %: la almendra está más verde y sujeta», explica señalando el suelo inusualmente limpio.Las máquinas, admite, aún no son perfectas: «El agricultor va más rápido que la industria. Plantamos hoy y queremos que la tecnología nos siga mañana». Mientras llegan cabezales que aspiren al 100 %, él ajusta la formación del seto para facilitarles el trabajo: altura homogénea, laterales sin salientes y pasillos que permitan velocidad constante.

La mano de obra deja de ser problema en este esquema: nueve fijos y refuerzos temporales cubren 60 ha en diez días de cosecha. «Cada día hay menos gente para el campo y la que hay es cara. Con este sistema levanto el teléfono y soluciono la recolección; el almendro convencional, con paraguas, dispara el coste».

Leer el clima con precisión

La pluviometría de Lérida ha descendido de 350 mm a 250 mm anuales en apenas una década y las heladas se han vuelto más caprichosas. Soleta, la variedad temprana de la finca, puede abrir flor la primera semana de marzo; Lauranne se incorpora sobre el quince. Entre esas fechas y mediados de abril todo es una ruleta de termómetro. «Cuando la sonda marca medio grado sobre cero empieza el baile», confiesa Plana. «En flor aguanta; cuando pierde la camisa, medio grado negativo durante una hora te fulmina la cosecha. Hemos pasado de cero a menos tres en dos horas». La vigilancia nocturna, el riego antiestrés y la ventilación del seto —que disipa el aire frío— han evitado, por ahora, siniestros totales.

El suelo ayuda: una grava arcillosa con apenas 1-1,5 % de materia orgánica que drena cuatro dedos de agua en cuestión de una hora. «Es oro para el almendro: odia los pies fríos», sentencia el técnico, mientras remueve con el pie la tierra suelta. «Aquí puedes ver charco por la mañana y polvo por la tarde».

Escuchar al árbol

A la hora de resumir aprendizaje, Xavier Plana regresa al mismo verbo: escuchar. El seto, asegura, es una orquesta afinada en la que la planta marca el compás y el agricultor interpreta. «La almendra viene sola si somos puntuales con luz, agua y alimento justo», dice. «Las sondas, los drones, la analítica… todo suma, pero la última palabra se toma a pie de calle. Porque el árbol te lo cuenta todo, si sabes escuchar».

Pero en plena tormenta de costes y escasez de personal, la Finca Montserrat ofrece un dato elocuente: toneladas de almendra que nacen al ras del alambre, atraviesan la cosechadora y llegan a fábrica sin apenas restos. Una revolución silenciosa que comenzó podando a contracorriente y que hoy ilumina, entre pasillos perfectamente alineados, un brillante futuro para la almendra mediterránea.

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